SIGUE SOÑANDO

Dice la leyenda que Polínexa, madre de Alejandro Magno, soñó que su hijo había sido engendrado por el mismísimo Zeus. El nacimiento coincidió con la victoria de su marido, Filipo de Macedonia, en la carrera hípica de los Juegos del 256 a.C. En honor a tal triunfo, Polínexa cambió su nombre por el de Olimpia. Su sueño se cumplió. Alejandro fue el Zeus del mundo conocido entonces. Un infatigable conquistador. El deporte es hoy lo más parecido a la guerra y sus figuras los nuevos mitos de nuestra era. Soñemos.

olimpiaduerme@gmail.com

Legend say that Polínexa, mother of Alexander the Great, she dreamed that her son had been fathered by Zeus. The birth coincided with the victory of her husband, Philip of Macedonia, in the horse race of the Games of 256 BC. In honor of this victory, Polínexa changed her name to Olympia. Her dream was fulfilled. Alexander was the Zeus of the then known world. An indefatigable conqueror. The sport is now as war and his figures the new myths of our era. Let's dream

sábado, 30 de enero de 2010

"MOON", LA SOLEDAD CONSIGO MISMO


Nuestra pequeña Orenseville tiene graves carencias, entre ellas la proyección de películas fuera de los círculos de distribución más comerciales. Por fortuna, contamos con el Cine Club Padre Feijoo, cuyos miembros se preocupan de traer los trabajos que nunca veríamos entre el Padornelo y el Finisterrae.

La última proyección fue la de “Moon”, incluida en el mes de la ciencia ficción. Tenía muchísima curiosidad por ella, después de ver alguna reseña en televisión con motivo del Festival de Sitges. Está dirigida por Duncan Jones, a quien su condición de hijo de David Bowie parece le perseguirá como eterna etiqueta si no se labra un camino exitoso por su cuenta.


De “Moon” me gustaron hasta los títulos de crédito. Es una película futurista, de estética tipo “Alien” sin necesidad de grandes alardes de efectos especiales. Más bien refleja la prolongación natural de nuestra tecnología, que algún día llegará a explotar los planetas más cercanos, con todas las limitaciones que impone el medio. No necesita de más de dos protagonistas, que son el mismo, para mantener la atención durante toda la película. Otra circunstancia que contribuye a ello es la sensación de permanente soledad, de indefensión frente a los acontecimientos, de desesperación de quien ve derrumbarse los pilares de su existencia. Porque la sola idea es aterradora. Imagine encontrarse con una copia perfecta de usted mismo, con los mismos pensamientos y sentimientos. Pujando por reafirmarse como la auténtica hasta descubrir que ambos son marionetas de un poder superior.

Algunos detalles nos recuerdan a la grandísima “2001” de Kubrick, en la relación entre el protagonista, un trabajador de una base recolectora en la Luna, y el ordenador que controla toda la infraestructura. Si bien el final de este dúo será muy diferente. Un tanto ingenua por parte del director, he de escribir.


“Moon” nos hace reflexionar sobre una inquietante cuestión ya en nuestros días. ¿A dónde nos llevarán las investigaciones sobre el genoma humano y la clonación? Sus evidentes beneficios médicos son indudables, pero ¿quién controlará a quienes poseen tan tentador poder? ¿Quién evitará que, por ejemplo, una hipotética empresa espacial disponga de trabajadores clonados, fabricando sus sentimientos y disponiendo de ellos como si fuesen esclavos? El progreso debería conducirnos hasta una mayor libertad individual –piensen en Internet- pero, como todo lo humano, posee la otra cara, la oculta de la Luna, la perversa que nos convierte en rebaño, con o sin nuestro conocimiento. Es una lucha vital que el hombre mantiene desde su existencia y, me temo, hasta el fin de los tiempos. No dejen que llegue ese momento para ver esta interesante película.

Lars Adolfsson vs. Victorino González (1988)


El gallego Victorino González (el Ciclón del Atlántico) fue el competidor más explosivo de su época. Tres veces campeón de España del peso semimedio (-78 kg.) en los años 1984, 1985 y 1991, pero su palmarés no le hace justicia porque, con sus excepcionales condiciones, podía haber llegado mucho mas arriba, no solo en España, sino también en las competiciones internacionales.

En su personalísima manera de competir, que el público siempre agradecía, el espectáculo estaba garantizado. Literalmente arrollaba en el tatami a sus rivales, y la mayoría de sus combates los resolvía por la vía rápida. Con él en acción, nadie se aburría en una competición de judo.

Una buena muestra de esto que escribimos es este combate frente al sueco Lars Adolfsson, en la Olimpiada de Seúl 88, al que bate sin remisión, con este colosal seoi-nage.

Pinche aquí para ver el combate

Rokudán

miércoles, 27 de enero de 2010

MAD MAX, MÁS ALLÁ DE LA LOCURA


El jugador de baloncesto estadounidense Vernon Maxwell (Gainesville, 1965) apenas conoció a su padre. Su madre le transmitió una fuerte personalidad sin un ápice de cordura. "Mad Max" (Max el loco) le llaman. Su nombre está proscrito en la liga universitaria NCAA, acusado de consumo de drogas y conducta fraudulenta. Dominado por la coca, se ganó un sitio en la NBA y alcanzó un campeonato con el gran equipo de Houston, en 1994. A veces genial en la cancha, también se le cruzaban los cables: sacar la pistola en una reyerta callejera, abrirle la cabeza a un compañero durante un entrenamiento... y escalar diez asientos de una grada, en mitad de un partido, para pegar a un aficionado que no dejaba de increparle. Así era Max. En 1995 sufrió un incontenible ataque de celos cuando su equipo se reforzó con un extraordinario jugador, Clyde Drexler, en su puesto. Enfurecido, desapareció unos días sin dejar rastro. A su vuelta fue fulminantemente despedido, perdiendo la oportunidad de disfrutar del segundo título de Houston. Cuesta abajo, pulió los casi 15 millones de dólares ganados en su carrera profesional. Fue sancionado por malos tratos, se divorció, se negó a pagar la pensión de sus hijos varios y comenzó a trapichear con la drogas. Hoy es un delincuente más en los Estados Unidos. Todos piensan que Mad Max terminará muy mal. Y no les falta razón.

Publicado en La Región (02-07-2008)

lunes, 25 de enero de 2010

"AVATAR", O EL MITO DEL BUEN SALVAJE


Las críticas, el público y los premios parecen alcanzar un acuerdo con la última película de James Cameron. Considero que no es bueno guiarse por ninguno de los tres factores, juntos o por separado, si bien acudí al cine con una ansiosa curiosidad por comprobar si “Avatar” respondía a todas las expectativas y opiniones suscitadas.

Primera recomendación. Hay que verla en el cine. No vale un deuvedé, una pantalla panorámica o una copia bajada de Internet. Es cine para disfrutar en la sala, en una pantalla grande, gigantesca a ser posible. (Este consejo lo hago extensiva a casi todas las películas, a excepción de las del cine español, el cual ya pagamos con intereses en cada artículo reproductor que compramos).

En mi opinión, “Avatar” no cambiará el cine, en todo caso sí los efectos especiales, magníficos. La historia que nos cuenta no es nueva, no llega a sorprender en su desenlace –aunque promete durante su desarrollo- y acusa defectos políticamente correctos.

En “Avatar” encontramos, varios años después de nuestra Era, una metáfora de la explotación natural, una crítica al excesivo consumo del mundo occidental, a las empresas multinacionales y al uso de la fuerza militar, compinchada con los intereses económicos. (No deja de sorprender entonces que el gran héroe de la película sea un Marine). Es un canto a la naturaleza y al mito del buen salvaje, sin pecado original, de presumible bondad innata. El que domina su medio sin esquilmar sus recursos, el respetuoso con la tierra donde nace, pues mejor le acogerá en su seno a su muerte.

La primera conexión mental nos traslada a la época del descubrimiento de América, o al desembarco de la United Fruit Company en el sur del continente. (De las andanzas de británicos, franceses, holandeses, belgas, italianos y portugueses en África, curiosamente, nos olvidamos). En todo caso es sencillo identificar a los humanos como el homo sapiens occidentalis y a los habitantes de Pandora como a los primitivos americanos, los indígenas de la selva o las tribus en peligro de extinción en los cinco continentes. En la parte humana se diferencia entre los científicos, más interesados en relacionarse y conocer al extraño, y los comerciantes y militares, para quienes el fin material justifica cualquier método. El caso del protagonista es único, un Marine paralítico que pasará de uno a otro bando.

La recreación del planeta es, en mi opinión, magnífica. El director y sus ayudantes (presumo), crean un mundo fantástico, poblado por seres y fenómenos extraordinarios, que viven en plena armonía hasta la llegada de los invasores. Las costumbres y ritos de los Na´vi no se diferencian en exceso de cualquier tribu terráquea.

La moraleja es clara, comprensible. Respetemos la naturaleza y la forma de vida de otras culturas primitivas. No derrochemos nuestros recursos, disfrutemos de la belleza, aprendamos a sentirla y rechacemos el consumismo excesivo de la sociedad occidental. Todo eso está muy bien cuando uno es un director en la elite, curiosamente gracias al consumismo cinéfilo de millones de personas y a los premios que otorgan las multinacionales del celuloide.

Es muy habitual en nuestro tiempo escuchar a personajes, perfectamente acomodados en ámbitos exclusivos de la sociedad occidental y capitalista, sin cabida ni sentido en las sociedades más primitivas, ofreciéndonos consejos eco solidarios y eco sostenibles a tiempo parcial, defendibles mientras no impliquen su cartera, sus vacaciones, su posición social y sus privilegios. Que una cosa es predicar el regreso a la naturaleza y otra es quedarse sin Internet 24 horas tarifa plana, el último modelo de Ferrari y la isla privada en las Maldivas. Que vivir como un salvaje es maravilloso durante una tarde, pero seguir ciertas costumbres de las diferentes tribus de nuestro planeta –lean, sin ir más lejos, las de los Angus en la columna de la derecha, quienes ingieren los líquidos de sus muertos, entre otras lindezas- ya es otra canción.

Así es muy bonito ser ecologista. También nos gustaría a nosotros, en Hollywood.

miércoles, 20 de enero de 2010

SUEÑOS (XXXII): AL OERTER, EL INSTINTO ASESINO

Octubre de 1964. Estadio olímpico de Tokio (Japón), Final del lanzamiento de Disco masculino. Quinto y último intento del estadounidense Al Oerter. Como siempre en su trayectoria, nadie apuesta un dólar por él. Compite con un collarín de cuero que alcanza el brazo derecho, para mitigar sus dolores cervicales, pero tiene por delante al majestuoso lanzador checo, ya casi campeón, Ludvik Danek.

Pero Oerter pertenece a esa raza especial de deportistas que se crecen cuando el resto se derrumba. Se depoja de su collarín, pues entorpecía sus movimientos, lanza y supera, con 61 metros, la marca de Danek. Contra todo pronóstico. Una medalla de oro que le costó un año de lesión. Cuatro veces le dieron por muerto -Melbourne 56, Roma 60, Tokio 64 y México 68- cuatro medallas de oro olímpicas consiguió. Instinto asesino en el momento preciso.



El perfil: Alfred Adolf Oerter nación el 19 de septiembre en Astoria, Nueva York (Estados Unidos), casado y con dos hijos, falleció el 1 de octubre de 2007 en Fort Myers, Florida.

Publicado en La Región (02-04-2007)

viernes, 8 de enero de 2010

LUCHANDO SE ENTIENDE LA GENTE (I): GALLÍPOLI


En los últimos meses de 1914 la I Guerra Mundial se encontraba ya en una situación absurda de luchas en trincheras en Europa, de desgaste diario sin apenas avance por parte de ambos bandos. Un estancamiento que el lado Aliado (Francia, Rusia e Inglaterra como países principales, respaldados por Japón, Serbia, Italia, Rumanía y Grecia) intentó liberar con un golpe tan genial como incierto. La toma de la península turca de Gallipoli y el control vital de los pasos del Bósforo y Dardanelos. La única vía de comunicación entre el Mediterráneo y el Mar Negro, dominada por los países del Eje (Alemania, el Imperio Austrohúngaro, Bulgaria y el Imperio Otomano).

La idea original fue una sugerencia rusa, que ansiaba tomar Constantinopla -la actual Estambul- y expulsar a los turcos de esa área de influencia. Se abriría una importante vía de comunicación y suministros de Oeste a Este, se atraería además al grueso del ejército austrohúngaro, que peleaba mano a mano con el alemán en el frente europeo. El plan fue desarrollado por el entonces ambicioso –e incluso delgado- Ministro de la Marina Winston Churchill y por el Comandante Horacio Kitchener, pese a muchas opiniones en contra de destacados mandos del ejército británico. El Comandante Sir Ian Hamilton fue el elegido para dirigir la operación in situ.

Más que un desembarco en toda regla, el ataque se concibió como una incursión puramente naval, precedida de unos intensos bombarderos a modo de regalos de Navidad. En febrero de 1915, los navíos anglo-franceses penetraron en el estrecho, sufriendo su primer fracaso, incapaces de detectar y superar las zonas previamente minadas. Los aliados dudaron en forzar la máquina y seguir avanzando, retrocediendo a mar abierto. Ignoraban por completo que a las baterías defensivas turcas apenas le quedaba munición y estaban al borde de la rendición. Un "empujoncito" más hubiese determinado el signo de la incursión. Defectos de un pésimo servicio de información.

El Estado mayor británico decidió que la operación nunca tendría éxito sin el apoyo terrestre, así que requería una mayor envergadura y el desembarco de la infantería por la cara Oeste de la península para limpiar la costa, atacando a los turcos por la espalda. Kitchener optó por esta opción, mientras Churchill –a quien se le atribuyó el principal papel de responsable del desastre- siempre se opuso. La decisión estaba tomada.


El de Gallipoli era el mayor desembarco anfibio hasta la fecha. Una empresa formidable, sólo comparable al número de errores que determinaron su rotundo fracaso.

Para empezar, una operación de tamaña envergadura se preparó en apenas cinco semanas. Lo cual ya auguraba numerosos problemas. El factor sorpresa ya no existía, porque los turcos organizaron la defensa de la península, excelente asesorados por el alemán Otto Liman Von Sanders. Pese a sus carencias, los otomanos eran bravos guerreros y luchaban en defensa de su tierra, una motivación extraordinaria. Contaban con Mustafá Kemal, quien fraguará en esta batalla su leyenda de padre de la futura patria turca.

Los aliados se encontraban a miles de kilómetros de sus respectivos países, en tierra extraña y con material de cuarta categoría. Había soldados australianos, neocelandeses o indios. Hay que tener en cuenta que la elite se desangraba en el frente europeo, con las mejores divisiones y más sofisticadas armas, mientras los combatientes del sur dispondrían de material igual o peor que el de los turcos. La mayoría de los barcos de la flota en Gallípoli, por ejemplo, eran viejos navíos reconvertidos, cuyo calado permitía acceder a las partes más estrechas de los pasos pero sin las prestaciones de un buque concebido para la guerra.

Las claves de la monumental derrota no fueron estos inconvenientes, sino tres errores garrafales en un ejército serio: la falta de planificación, la descoordinación entre las divisiones y la escasez de suministros.


Los aliados se lanzaron al ruedo, sin muleta, un 25 de abril de 1915. Y la cosa ya comenzó mal. Los batallones australianos, conocidos como los Anzac -Asustralian and New Zealand Army Corps- se equivocaron (sic) en el mapa y desembarcaron en una zona de acantilados, en lugar de las playas. Advertidos del error, intentaron corregir a los siguientes, pero los mandaron a otros lugares tanto o más abruptos, donde los turcos los machacaron. Fue cuando los aliados comprobaron –aunque no comprendieron en aquel 1915- que las técnicas de Guerra estaban cambiando. En cosas tan básicas como el diseño de las lanzaderas de desembarco, cuyas estrechas puertas apenas permitían la salida de un soldado cada vez. Los turcos jugaban al pim-pam-pum, mientras los ingleses sufrían pérdidas terribles.

Fue un milagro que los aliados lograsen tomar alguna cabeza de puente, ya que en otros puntos de desembarco se vieron obligados a regresar al mar. Los objetivos del primer día no se habían cumplido, pese a que en Londres la entusiasta prensa cantó un éxito rotundo. El tiempo lo convirtió en toda una humillación nacional.


El frente sur se parecía ya entonces al lejano centroeuropeo. Las posiciones de ambos bandos se estancaron a partir del mes de mayo. Todos los intentos de los aliados cayeron con estrépito. En ocasiones atacaban a plena luz del día y a pecho descubierto, como si el valor y el peso de la tradición repeliesen las balas. Después se añadió un nuevo enemigo, en forma de epidemia por el calor y los numerosos cadáveres que no había tiempo para enterrar. La descoordinación entre los diferentes cuerpos provocó en muchas ocasiones que la artillería naval bombardease a los de su bando. En ocasiones, las sufridas y diezmadas unidades que tomaban una loma se veían incapaces de mantenerla por la ausencia de refuerzos, mientras miles de soldados de refresco se entretenían jugando al fútbol en la playa, sin órdenes ni papel a desempeñar en la operación. Otras veces se imponían objetivos imposibles en base al honor. Sólo servían para sacrificar a hombres válidos para otro tipo de actuación, o a jovencísimos entusiastas que se habían enrolado en el ejército por diversión. El caos era absoluto y los soldados comenzaron a percibirlo, cundiendo el desánimo general.


La falta de suministros remató a los invasores. No había granadas para todos los soldados, no había armamento pesado –los cañones apenas realizaban dos disparos por día por falta de munición- no había teléfonos de campaña, ni siquiera alambre de espino para asegurar una posesión. No había medicinas ni hospitales para tantos heridos. Ni siquiera agua. Los equipamentos tardaban dos semanas en llegar mientras los turcos los recibían en dos días. El último intento de conquista en Suvla, fue el resumen de toda la batalla. 1.500 turcos destrozaron a 20.000 aliados. La derrota fue total y convenció a los anglofranceses de la necesidad de una retirada inmediata. Esta operación fue, sin duda, la mejor preparada y desarrollada de toda la batalla. El 6 de enero de 1916 no quedaba un aliado en suelo turco, para sorpresa de los lugareños. El regreso a la madre patria fue un calvario moral para los perdedores.


Gallípoli fue el mejor ejemplo de que un gran ejército sin organización ni mando puede perder ante un enemigo inferior pero mejor preparado. Las pérdidas fueron terribles para ambos contendientes. Los aliados perdieron 55.000 hombres, mientras los turcos vieron caer aproximadamente a 60.000, la flor y la nata de su elite militar, sin la cual sufrirán muchísimo hasta el fin de la guerra. Sin duda suposo una victoria "pírrica" en toda regla.

En el aspecto personal, la batalla encumbró al comandante Mustafá Kemal, más conocido como "Atatürk", el padre de la Turquía moderna. Para Churchill el fracaso significó la salida del alto mando británico. Para Inglaterra y Francia, toda una humillación y una herida que tardó mucho en curarse, además de pavor por los desembarcos anfibios hasta Normandía.

A efectos prácticos, la batalla de Gallípoli significó una sangría estéril. La I Primera Guerra Mundial se prolongó un año más, y la paz total, tratados de paz mediante, no se consolidó hasta 1920. Fue otro sangriento capítulo, tan doloroso como inservible en la Gran Guerra.

Valeri Dvoinikov vs. Vladimir Nevzorov (1975)

Vladimir Nevzorov, uno de los mejores judokas de la década de los 70, fue el primer campeón mundial que tuvo la Unión Soviética. Su palmarés, como el de todos los que aparecen en esta sección, es magnifico. Campeón de Europa del peso semimedio (-70 kg.) en 1975 y del peso ligero (-71 kg.) en 1977, campeón del mundo en 1975 y campeón olímpico en Montreal 76.

Poseedor de una excelente tècnica, su tai-otoshi era sólo comparable, en nuestros días, al del coreano Whon-He-Lee. Un uchi-mata fantástico, y sus relampagueantes ataques, lo hicieron ser uno de los más brillantes campeones de su tiempo.

Aquí lo vemos en el combate final del campeonato del Mundo de 1975 del peso semimedio (-70 kg.), celebrado en Viena, frente a su compatriota Valeri Dvoinikov, otro extraordinario competidor, campeón de Europa en 1976 y subcampeón olímpico en Montreal 76, al que bate con un impecable uchi-mata de izquierda.

miércoles, 6 de enero de 2010

LILLIAN BOARD, ORO DE MUCHOS KILATES


Hija de emigrantes británicos en Suráfrica, la atleta Lillian Bárbara Board (1948-1970) comenzó a volar por la pista cuando su familia se asentó en Londres. En 1967 logró la segunda mejor marca europea en los 400 metros lisos. Le apodaban "golden girl", y hubiese sido oro en los Juegos de México 1968 si la francesa Collete Besson no le hubiese superado en la misma meta. Comenzaba aquí una amistosa rivalidad. Board se desquitó en los Europeos de 1969, pero algo no funcionaba en su cuerpo. Sufría unos terribles dolores en el estómago. Seis días después de su última carrera le confirmaron la peor noticia. Un cáncer terminal de colon, a los 22 años. Brava e indomable, decidió luchar hasta el fin. Se aferró como última oportunidad a los métodos del peculiar doctor alemán Josef Issels: dieta espartana, extirpación de los dientes y las amígdalas, sufrimiento. Besson la visitó seis días antes de su muerte y dijo: "Casi no la reconocí, pesaba 32 kilos. Me aseguró que me vencería en los Juegos de Múnich 72". Allí existe hoy una calle en su recuerdo. Besson, su adorable enemiga falleció en 2005 por causa de otro cáncer, de mama.

Publicado en La Región (26-05-2008)