SIGUE SOÑANDO

Dice la leyenda que Polínexa, madre de Alejandro Magno, soñó que su hijo había sido engendrado por el mismísimo Zeus. El nacimiento coincidió con la victoria de su marido, Filipo de Macedonia, en la carrera hípica de los Juegos del 256 a.C. En honor a tal triunfo, Polínexa cambió su nombre por el de Olimpia. Su sueño se cumplió. Alejandro fue el Zeus del mundo conocido entonces. Un infatigable conquistador. El deporte es hoy lo más parecido a la guerra y sus figuras los nuevos mitos de nuestra era. Soñemos.

olimpiaduerme@gmail.com

Legend say that Polínexa, mother of Alexander the Great, she dreamed that her son had been fathered by Zeus. The birth coincided with the victory of her husband, Philip of Macedonia, in the horse race of the Games of 256 BC. In honor of this victory, Polínexa changed her name to Olympia. Her dream was fulfilled. Alexander was the Zeus of the then known world. An indefatigable conqueror. The sport is now as war and his figures the new myths of our era. Let's dream

miércoles, 5 de marzo de 2014

JUGAR A SER DIOS



Leo en la sección ‘El Mundo que viene’ del diario nacional ‘El Mundo’ la casi siempre interesante entrevista a un casi siempre interesante personaje del mundo científico o intelectual. En este caso la publicada el 11 de enero de 2014 con el inventor y experto informático neoyorkino Ray Kurzweil, autor del libro ‘Cómo crear una mente’ (Lola Books, 2013) donde expone su teoría del cerebro y la posibilidad de recrear sus funciones con la ayuda de un ordenador. Una propuesta ilusionante, apasionante, pero con un cariz cuando menos inquietante según avanza la lectura.

“En 2030 podremos conectar el cerebro a otro exterior que lo hará más potente”, afirma el experto. La idea es simple: “Será un híbrido de nuestro neocórtex biológico […] nuestros conocimientos, recuerdos y habilidades estarán almacenados en la nube, almacenados ahí a salvo de cualquier enfermedad o accidente […] Esa extensión crecerá exponencialmente en los próximos años y será nuestro cerebro dominante en apenas una o dos décadas”.

¿Cómo será ese ‘asistente’ y nuestra conexión física con él? “Habrá transmisores minúsculos del tamaño de nuestros leucocitos que podremos introducir sin cirugía en nuestro cerebro”.

Esa tecnología abre una puerta inmensa. La de crear seres similares a nosotros con un cerebro incluso superior. ¿Es posible? “Mi impresión es que habrá dispositivos capaces de desarrollar algunas tareas humanas en apenas cinco años y dispositivos al nivel del ser humano en apenas 16”, afirma Kurzwell.

Todos pensamos en el siguiente paso. El periodista Eduardo Suárez también y pregunta:

-¿En algún momento tendrán derechos estos robots?
-Llegará el momento en que habrá dispositivos más inteligentes que los seres humanos, capaces de enfadarse o sonreír. Habrá quien defina esos sentimientos como simulaciones de la realidad […] Mi impresión es que no nos convendrá llevarnos mal con ellos y que les concederemos los mismos derechos que a una persona.

Como dato personal, el investigador confiesa que ingiere nada menos que 150 pastillas diarias, suplementos de vitaminas y minerales “para estar sano hasta que los científicos puedan modificar los genes que causan enfermedades como el cáncer o la demencia senil”. De hecho, alberga el objetivo de devolver la vida a su padre: “El proyecto es crear un avatar al que yo no pueda distinguir de mi padre […] Tengo a mi alcance información suficiente –ADN- para ello”.

Estas declaraciones nos hacen reflexionar. De inmediato nos invaden imágenes de películas como ‘Terminator’, ‘Blade Runner’, ‘Yo, robot’, ‘Inteligencia Artificial’… En las cuales la ambición del ser humano por convertirse en un Dios creador y/o aspirar a la inmortalidad terminan con resultados catastróficos.

Todos quisiéramos vivir más y mejor. Hacerlo extensivo a nuestros seres queridos. Devolverles la vida cuando una tragedia trunca su trayectoria. Es humano, lógico y razonable. Pero ¿Estamos preparados para ello? Y no es el aspecto físico el más importante. ¿Está cualificada psicológica, moral y filosóficamente nuestra especie para gestionar semejante poder? ¿Quién establecería los límites? ¿Cuáles serían? ¿Quién controlaría a los científicos? ¿Y a los gobiernos? ¿Qué cambio supondría en los países con gran influencia religiosa? ¿Qué víctimas –experimentos erróneos- se quedarán por el camino hasta la perfección? Son preguntas que asustan a cualquiera, más en un planeta cuya historia se ha escrito con sangre y sufrimiento, como corresponde a nuestra condición natural.

Así nos hemos quedado, más inquietos que ilusionados.