SIGUE SOÑANDO

Dice la leyenda que Polínexa, madre de Alejandro Magno, soñó que su hijo había sido engendrado por el mismísimo Zeus. El nacimiento coincidió con la victoria de su marido, Filipo de Macedonia, en la carrera hípica de los Juegos del 256 a.C. En honor a tal triunfo, Polínexa cambió su nombre por el de Olimpia. Su sueño se cumplió. Alejandro fue el Zeus del mundo conocido entonces. Un infatigable conquistador. El deporte es hoy lo más parecido a la guerra y sus figuras los nuevos mitos de nuestra era. Soñemos.

olimpiaduerme@gmail.com

Legend say that Polínexa, mother of Alexander the Great, she dreamed that her son had been fathered by Zeus. The birth coincided with the victory of her husband, Philip of Macedonia, in the horse race of the Games of 256 BC. In honor of this victory, Polínexa changed her name to Olympia. Her dream was fulfilled. Alexander was the Zeus of the then known world. An indefatigable conqueror. The sport is now as war and his figures the new myths of our era. Let's dream

viernes, 27 de junio de 2014

LA HUIDA (por Rokudán)



Se fue don Juan Carlos I. Esta abdicación-huída cuando España está en un momento complicado no es nada nuevo en la dinastía de los Borbones. Ya su abuelo don Alfonso XIII, en un inolvidable acto de cobardía, hizo lo mismo en 1931 a consecuencia de unas elecciones municipales que además ¡habían ganado los monárquicos! Anteriormente su tatarabuela doña Isabel II, en 1868, salió pitando para Francia desde San Sebastián - donde estaba veraneando-, cuando el golpe de Estado de 1868 capitaneado por el almirante Topete y el general Prim. Escapar de las responsabilidades, mirar para otro lado y dejar tirados a sus más fieles servidores, parece ser una constante familiar.

En 1975, don Juan Carlos I recibió de Franco, además de la Corona, unas importantes facultades (que después regaló a los partidos políticos) para poder ser un verdadero árbitro de la política nacional: Un país con gran sentido del patriotismo y la unidad nacional (el separatismo no tenia fuerza alguna), una amplia clase media, un consolidado sistema de previsión social y una Administración sólida con unas dimensiones razonables. La presión fiscal no ahogaba a nadie y la deuda nacional era ínfima. A pesar de ser, en teoría, un régimen intervencionista, la economía y la vida social funcionaban con una gran libertad.

La España que deja don Juan Carlos, en su precipitada huida, está al borde de la implosión: La secesión regional es el problema principal (su Majestad nunca tuvo el coraje de hacerle frente), la deuda pública llega prácticamente  al 100% del PIB, el paro es descomunal, la corrupción inunda todo el espectro político -de la que tampoco se libra  su familia más cercana-; las autonomías -obra suya y de Suárez- son la principal causa del desguace de la nación y pozo sin fondo del despilfarro, el nepotismo y la corrupción.

En esta abdicación-huída no faltan los habituales turiferarios -entre los que se encuentra Esperanza Aguirre-, que lo consideran el mejor rey de la historia de España. Ya se sabe que decir gansadas no tributa, por ahora, al Fisco; pero ya que nos provocan vamos a ver la trayectoria del “mejor rey de España”.

Don Juan Carlos, no tuvo ningún remordimiento en quebrar la sucesión dinástica y  apartarse de su padre, el voluble conde de Barcelona y heredero de don Alfonso XIII, para que Franco lo hiciese rey de España.

Juró solemnemente las Leyes Fundamentales y los Principios del Movimiento Nacional (la Constitución actual no la juró, simplemente la sancionó), juramento que más adelante se saltó, por lo cual puede decirse que fue un rey perjuro.

Prometió al Ejército estar a su lado en el Sáhara “cuando sonase el primer disparo”, pero  por detrás chalaneaba con su “primo”, el rey de Marruecos Hassan II, obligando a que  nuestras Fuerzas Armadas saliesen con el rabo entre las piernas, dejando a los nativos a merced de la teocracia marroquí.

Como es habitual en los Borbones, se sirvió de  Torcuato Fernández Miranda, para hacer el cambio escrupuloso del franquismo a la partitocracia desde “la Ley a la Ley” y después lo dejó a un lado -a don Juan Carlos nunca le gustó demasiado la gente seria e ilustrada- por el arribista Adolfo Suárez, con el propósito de liquidar el Movimiento, dividir la derecha española y hacer una muy deficiente Constitución, cuyos errores ahora estamos pagando caro.

Cuando se cansó de Suárez (ya que deseaba echarse en brazos del PSOE), le organizó una turbia maniobra cuya consecuencia final fue el golpe 23 de febrero de 1981, que supuso la cárcel a los generales Armada y Milans del Bosch, dos fieles monárquicos, mientras que Su Majestad quedaba ante la población como “el salvador de la democracia”. Los libros del historiador Jesús Palacios y la periodista Pilar Urbano desmontan esta farsa, muchos años mantenida, a pesar de que ya al día siguiente del golpe, el notario García Trevijano señalaba directamente a don Juan Carlos como el principal causante.

En la actualidad, la razón y principal función de la Monarquía es mantener la unidad de España, así como, también, ser un referente de ejemplaridad. Los últimos años del reinado de don Juan Carlos se caracterizaron por una sucesión continua de bochornosos escándalos personales, un enriquecimiento injustificable y, sobre todo, una dejación intolerable de sus obligaciones. La peor, su inhibición y vergonzoso comportamiento ante la amenaza separatista.

En su triste discurso de despedida, no tuvo una palabra para quien reinstauró la Monarquía en España –caso único en Europa en el siglo XX-, y a él lo hizo rey; la gratitud tampoco es una virtud que le adorne. Aunque don Juan Carlos no llegó al nivel de infamia de sus antecesores Fernando VII (otro rey populachero como él), o Carlos IV, tiene méritos sobrados para colocarse inmediatamente detrás de ellos, como  el tercer peor rey de la dinastía borbónica.

Rokudán