SIGUE SOÑANDO

Dice la leyenda que Polínexa, madre de Alejandro Magno, soñó que su hijo había sido engendrado por el mismísimo Zeus. El nacimiento coincidió con la victoria de su marido, Filipo de Macedonia, en la carrera hípica de los Juegos del 256 a.C. En honor a tal triunfo, Polínexa cambió su nombre por el de Olimpia. Su sueño se cumplió. Alejandro fue el Zeus del mundo conocido entonces. Un infatigable conquistador. El deporte es hoy lo más parecido a la guerra y sus figuras los nuevos mitos de nuestra era. Soñemos.

olimpiaduerme@gmail.com

Legend say that Polínexa, mother of Alexander the Great, she dreamed that her son had been fathered by Zeus. The birth coincided with the victory of her husband, Philip of Macedonia, in the horse race of the Games of 256 BC. In honor of this victory, Polínexa changed her name to Olympia. Her dream was fulfilled. Alexander was the Zeus of the then known world. An indefatigable conqueror. The sport is now as war and his figures the new myths of our era. Let's dream

viernes, 5 de noviembre de 2010

CUANDO EL ARTE APESTA

Manifestaciones artísticas y hábitos que nos resultan nocivos
Texto: JOSÉ MANUEL ESTÉVEZ-SAÁ
El Correo Gallego (domingo, 10-10-2010)

Durante los últimos meses, un nuevo debate en torno a qué es y qué no es arte ha vuelto a colarse en los foros intelectuales de medio mundo, coincidiendo, paradójicamente, con grandes hitos, como la celebración de los diez años de existencia de la Tate Modern de Londres (la galería de arte contemporáneo más visitada del mundo, con más de 45 millones de entradas registradas en una década), los asombrosos descubrimientos de falsificación detectados por el Metropolitan Museum de Nueva York, la espectacular muestra al público de las piezas más sobresalientes de la Biblioteca del Museo del Prado a través de su exposición Bibliotheca Artis (que incluye la Biblioteca de Arte, la de Arquitectura y la de la Imagen), o la inauguración de la temporada de la Fundación Mapfre con la exposición Made in USA, arte americano de la Phillips Collection (que exhibe 91 obras de 62 artistas que representan todo un siglo de inspiración artística). Y es que algunos consideran que esta polémica, generada a propósito de las nuevas formas de manifestación artística, emerge de la evidente devaluación del proceso creativo, especialmente con la proliferación de expresiones alternativas surgidas de tendencias radicales dentro del arte abstracto, conceptual y de denuncia.

La creatividad desarrollada a partir de motivos escatológicos o temas irreverentes ha tenido mucho que ver en la degradación del arte y el desafecto de la opinión. También la agresiva entrada de la obra de arte en los mercados internacionales más capitalizados ha provocado que la pieza artística pierda su esencia como epítome de cultura, para transformarse en sinónimo de mercantilismo, comercio y sometimiento al capital. Un nombre o una firma parece valer más que la propia obra. Asimismo, las exposiciones que se realizan en ciertos emplazamientos, galerías y museos, basadas en fórmulas conceptuales extremas, en las que resulta difícil para el espectador apreciar el esfuerzo del artista, no hace sino dañar tanto la imagen del creador, como el valor de su creación. Recuerden, como ejemplo, aquellas famosas noventa "latas" con excrementos del artista Piero Manzoni, creadas para denunciar la obsesión por las firmas (ver ilustración), una de las cuales llegó a alcanzar los 75.000 dólares, y cada gramo de cuyo contenido, hoy día, puede valer hasta 1.000 dólares, según la revista Forbes.


La prensa, como es natural, se ha hecho eco de este desasosiego generalizado. Escritores, periodistas, críticos y pensadores parecen haberse unido en esta lucha por recuperar el sentido de un arte que, de no ser protegido, terminará por ahogar el oficio y el sentido último del impulso creativo como una respuesta al mundo tanto interior como exterior del artista que acomete la obra, y que, con su arte, se convierte en testigo fidedigno del período que le ha tocado vivir. Es evidente que hablo del arte en sentido genérico, incluyendo bajo ese término expresiones tales como la arquitectura, la música, ciertas formas de creación literaria o, especialmente (por haber sido éstas los detonantes del enfado generalizado), la escultura y la pintura. Aunque, sin duda, nuevas fórmulas creativas, tales como el media art, el body art, el graphic art, el ad art, el video art, el net art, el pixel art o el propio graffiti, han hecho que el fenómeno artístico haya tenido que reformularse y reconceptualizarse de forma radical.

No es ésta la primera vez que escribo aquí sobre arte. Hace casi un año, y a lo largo de tres largas páginas, dedicaba yo el artículo de portada de este suplemento cultural dominical a la nueva realidad artística que generaban las tendencias actuales. Aquel 18 de octubre de 2009, titulaba mi análisis del siguiente modo: Siglo XXI. El arte ha muerto, ¡viva el arte! El juego lingüístico con el famoso grito monárquico, me permitía desarrollar mi argumentación en torno al modo decisivo en que las nuevas tecnologías, la filosofía de la hibridación y la cultura de masas habían influido en la definitiva "evolución y democratización del arte"; una manifestación cultural que, inmersa en una nueva complejidad, estaba sufriendo todo un proceso de transformación, deformación y reforma. Lo que hoy se discute es si el resultado de ese complejo proceso de renovación es el esperado, o si, por el contrario, resulta cada vez más evidente el desprestigio que persigue, de forma casi obsesiva, al mundo artístico actual.

El pasado martes, cinco de octubre, en su columna habitual de EL CORREO GALLEGO, Demetrio Peláez, reflexionaba muy astutamente sobre el modo en que ciertas manifestaciones artísticas pretendían "alcanzar la categoría de pieza creativa y valiosa". En su artículo, irónicamente titulado El arte que encierra una tubería, Peláez insistía en la importancia de "juzgar con sensatez, profesionalidad y valentía", sin miedo al qué dirán o "por temor a ser tachados de conservadores". La clave parece estar en esa especie de absurdo esnobismo en el que parecen haber caído tanto espectadores como críticos. El resultado son obras efímeras, que no dicen nada, que no conmueven ni transmiten, y que el tiempo suele borrar, quizá por el bien de todos. Afirmaba Demetrio Peláez que "ciertas cosas puede crearlas casi cualquiera, y otras, en cambio, sólo pueden ser creadas por los verdaderos artistas, por los genios que logran innovar, emocionar y dejar sin aliento".


También ha querido sumarse al debate el ensayista y crítico cultural marsellés Marc Fumaroli. El pensador francés, polémico como siempre, manifestaba recientemente en el transcurso de una entrevista concedida a Martí Font para El País, con motivo de la presentación en Barcelona de su libro París – Nueva York – París. Viaje al mundo de las artes y de las imágenes, que "no debemos llamar arte al arte contemporáneo". Esta frase resulta llamativa, especialmente proviniendo de un hombre al que, como él mismo reconoce, le "interesan aquellos que van contracorriente" (El País, 28/09/10). Marc Fumaroli insiste en el nuevo escenario creativo mercantilista que el arte como espectáculo y el arte como negocio han generado. Por su parte, el escritor Joaquín Marco, hablaba recientemente de la crisis que está afectando a la cultura. Así las cosas, según Marco, "los pocos que pretendan vivir del arte o de la palabra escrita tendrán más que dificultades, salvo los que estén ojo avizor a lo que se lleva o se quiere ver u oír" (La Razón, 02/05/10). Quizá aquí podamos encontrar una de las claves del desgaste artístico. La presión que el mercado o la sociedad genera sobre el artista resulta decisiva en tiempos de crisis, ya sea económica, como la actual, o de valores, como la actual también.

De lo que no cabe duda es que ciertas manifestaciones artísticas actuales parecen más un atentado contra el arte que la expresión de un impulso creativo. A partir de ahora, cuando debatamos sobre los nuevos fenómenos artísticos o sobre el arte de última generación, tendremos que decidir si hablamos de transformación, adaptación y aperturismo; si lo que queremos es argumentar sobre su banalización, vulgarización o degradación; o si, por el contrario, lo que deseamos insinuar es su cosificación, simplificación o mercantilización. Sinceramente, cualquier otra opción resulta más que arriesgada, por no decir ilusoria. Especialmente si comparamos la filosofía vital que rodea al arte contemporáneo con los principios postulados en su día por aquel Bergson, que entendía el fenómeno artístico como comunicación; aquel Kant, que resaltaba su dimensión creativa; o un Aristóteles, que lo concebía como una mímesis o recreación de lo que nos rodeaba, impactaba o representaba de un modo más directo. Como siempre, el tiempo dirá.